La Providencia de Dios

Como a un niño en la falda de su madre, así el Señor cuida de nosotros: En el aspecto físico, ya el bebé ha sido dotado de instinto para buscar el pezón de su mamá y mamar:

No venimos, por otra parte, a una tierra extraña: De entre todos los planetas de nuestro sistema solar, el Globo Terrestre es el único habitable: Tenemos el instinto de respirar y la atmósfera contiene el oxígeno vital en las proporciones justas, experimentamos sed y la tierra tiene agua en abundancia; tenemos hambre y hay alimentos de todo tipo. Experimentamos sed de cariño, y nuestros padres cuidan de nosotros y nos dan su amor. Nuestros ojos se abren y la luz nos saluda cada mañana.

Y ¿qué decir de nuestra vida espiritual­? Incomparablemente más importante es la vida de nuestra alma que la de nuestro cuerpo: El Señor nos da los medios para que estemos en su gracia, para que seamos hijos suyos por adopción: nos infunde su gracia santificante y si tenemos la desgracia de ofenderle nos posibilita por medio de la gracia virtual el arrepentimiento. Nos da la ayuda de la Iglesia con su jerarquía y presbíteros y de los sacramentos sublimes. Cultiva en nosotros las virtudes, en especial la fe, la esperanza y la caridad. Nos da la enseñanza y ejemplos de los santos y profetas: Nos brinda la ayuda de las apariciones, en especial de la Virgen y de las revelaciones privadas para confirmar la fe y entender los signos de los tiempos.

Dios no sólo es el Ser eterno origen de todo ser, sino que sin Él nada continuaría existiendo, ya que los seres creados son mantenidos por Dios en su existencia. Así nada existe sin que Dios lo quiera o lo permita (si es un mal, por un bien mayor, así de una enfermedad puede surgir el arrepentimiento que nos devuelve a los brazos del Padre Celestial). Y por tanto nada sucede sin que Dios lo quiera o lo permita.

Dios es Padre; recibamos todo como venido con amor de su mano. Sto. Tomás Moro poco antes de su martirio, consuela a su hija: "Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor" (carta).

Puede suceder que padezcamos una penosa enfermedad o se nos muera un ser querido y que gracias a esa pena nuestra alma (o la de un ser amado) se convierta y vuelva a Dios, de modo que un mal sirva para el mayor bien: la salvación de un alma.

El niño a quien su madre para curarle le da una medicina amarga, llora y llama mala a su madre; pero una vez curado bendice esa medicina amarga que le libró de sus dolores y a su mamá que se la dio por amor; lo mismo nuestro Padre celestial nos administra a veces pruebas amargas, pero es para nuestra salud y la salud de otros.

Jesús nos pide el abandono filial en la providencia del Padre celestial ("No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿qué vamos a beber?…Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura" (Mt 6, 31-33; cf 10, 29-31)), confiando en que todo es para nuestro bien y uniendo nuestros padecimientos a los de Cristo en su dolorosa Pasión.

En el Evangelio nos dice Jesús que "hasta nuestros cabellos están contados" y que Dios se cuida incluso de los pajarillos ("¿No se venden cinco pájaros por dos ases? Y, sin embargo, ni uno de ellos está en olvido ante Dios. Y aun hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. No temáis, vosotros valéis más que muchos pájaros."Lucas 12, 6-7)).

Podemos cooperar libremente con la Providencia divina, el hombre es elevado a la dignidad de ser mano de Dios, cuando nuestro corazón está unido al Suyo, cooperadores por tanto en el bien a tantos hermanos nuestros: "Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por sus acciones y oraciones, sino también por sus sufrimientos" (Col 1, 24) (Ver Catecismo de la Iglesia Católica, nº 307).

La Providencia de Dios se extiende a la acción libre de sus criaturas: Porque "todo está desnudo y patente a sus ojos" (Hb 4, 13), incluso lo que la acción libre de las criaturas producirá (Cc. Vaticano I: DS 3003).

(Catecismo, nº 302). Toda la acción de las criaturas libres, aunque no sea querida por Dios, se integra en la Providencia divina, providencia de providencias. Dios prevé todo, nada es casual para Él. No quiere esto decir que las cosas sucedan fatalmente, sino que dependen en gran medida de nuestra libre decisión:

La oración y la penitencia pueden cambiar el curso de las cosas: Porque Dios hace depender su voluntad, que todo lo puede, de la actitud de los hombres que son libres. Así Nínive fue salvada de la destrucción (pese a que Dios dijo por medio del profeta Jonás que dentro de 40 días sería destruida), pues sus habitantes se convirtieron e hicieron penitencia.

Y el rey Ezequías enfermo de enfermedad mortal, pese a haberle anunciado el profeta que moriría, oró y Dios le concedió su curación.

Por eso no debemos considerar que si Dios anuncia una catástrofe no podemos hacer nada para evitarla, ya que la oración y la penitencia pueden hacer que el Señor cambie su juicio (no lo cambia, por cuanto su voluntad completa es "si no os arrepentís haré esto""si os arrepentís y mudáis de camino no lo haré").

Si de la Tierra subiera al cielo un clamor de contrición y oración muchas catástrofes serían evitadas. El hombre justo – y el pecador arrepentido – puede arrancar del Señor grandes gracias para sí y para los demás hombres:

Así en una revelación privada nos dice la Virgen María: "No os detengáis en las predicciones que os hago, tratando de haceros comprender los tiempos en que vivís. Como Madre, os aviso de los peligros que corréis, de las amenazas que os acechan, de todo el mal que puede ocurriros, sólo porque este mal todavía puede evitarse, los peligros pueden conjurarse, el designio de la Justicia de Dios siempre puede ser modificado por la fuerza de su Amor Misericordioso. Además, cuando os predigo los castigos, recordad, que todo, en cualquier momento, puede ser cambiado por la fuerza de vuestra oración y de vuestra penitencia reparadora. Así pues, no digáis: ¡Cuánto de lo que predijiste no se ha cumplido!, sino dad gracias Conmigo al Padre Celestial, porque, por vuestra respuesta de oración y de consagración, por vuestro sufrimiento, por el inmenso sufrimiento de tantos hijos míos, Él aplaza todavía el tiempo de la Divina Justicia para que pueda florecer el de la gran Misericordia" (21 enero 1984, "A los sacerdotes hijos predilectos de la Santísima Virgen", P. Gobbi, revelación privada que era vista con simpatía por el Papa Juan Pablo II, pero que aún no ha sido aprobada oficialmente por la Iglesia).

Lejos del Dios verdadero de quien en los salmos se nos dice:"Cuan benigno es un padre para con sus hijos, tan benigno es Dios para los que le temen" (Salmo 103, 13) y lejos del Dios de bondad "Es Yavé piadoso y benigno, tardo a la ira, es clementísimo" (Salmo 103, 8), algunas sectas tienen errores gravísimos sobre la Providencia de Dios, en especial respecto a la providencia para con los seres libres:

Algunos concibiendo un Dios tiránico afirman que a Dios no se le puede desobedecer, porque su voluntad se cumple inexorablemente, y afirman que todo se cumple según el plan de Dios, de modo que su "providencia" no dejaría resquicio a la libertad del hombre, de manera que el hombre siempre haría la voluntad de Dios, por lo que los más terribles y espantosos crímenes serían obra de Dios, por lo que ese remedo de Dios sería malo y tiránico, y el hombre apenas una marioneta en sus manos, sin que tuviera libertad (se trataría de una providencia tal que no permitiría la libertad del hombre).

Otras sectas conciben también un Dios despiadado y malo al creer en un Dios gran relojero que después de crear el mundo y dar cuerda al gran reloj del Universo se echaría a dormir despreocupándose de la suerte de sus criaturas; no existiría un Dios atento a nuestras súplicas, y cuidadoso de nosotros sino que esa parodia del verdadero Dios sería sin entrañas de compasión.

En ambos casos se trata de errores de cómo opera la providencia de Dios en los seres libres, en el primero negando la libertad y no entendiendo que la Providencia de Dios comprende las acciones libres de los hombres – Dios nunca hace el mal – sin menguar su libertad ni reducir la omnipotencia de Dios, que reluce más con esa libertad extrayendo bienes de los males; y en el segundo negando la providencia y bondad de Dios y que Dios escuche nuestras oraciones.

La criatura racional está sometida a la providencia de un modo especial: pues puede obrar libremente, no por necesidad, de modo que se le imputa algo como culpa o mérito; y se le retribuye algo como pena o premio. Pero también en la acción de libre albedrío interviene la providencia divina; la providencia humana está contenida en la providencia divina, que la prevé, integra y supera; Dios se vale a veces para hacer su voluntad de causas segundas, por ejemplo de la acción libre de los hombres. (Ver St. Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, 1ª parte, cap. 22, art. 2, respuesta 5).

Incluso aunque esta acción libre de los hombres sea mala Dios saca de ella bienes: Así José, el hijo de Jacob fue vendido por sus hermanos y llevado a Egipto como esclavo; sin embargo Dios sacó de ello el bien de salvar a Jacob y su familia en tiempos de hambre pues José los acogió ["No fuisteis vosotros, dice José a sus hermanos, los que me enviasteis acá, sino Dios...aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir...un pueblo numeroso" (Gn 45, 8;50, 20)].

O bien refiriéndonos al mayor mal de todos los tiempos, la Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, de él sacó Dios el bien infinito de la glorificación de Cristo y de la Redención de los hombres. "Porque el Dios Todopoderoso…por ser soberanamente bueno, no permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal, si Él no fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo mal" (S. Agustín, enchir. 11, 3). (Catecismo 311, 312).